50ª Edición del libro BARBUCHÍN, de Daniel Armas
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En Boletín Educación de Editorial Piedra Santa, Año 2, No. 8, Septiembre de 2009.
I
Nada es más importante que la elección de las primeras lecturas. Todo el carácter del niño, y por consecuencia del hombre, depende de ellas.
El libro es un amigo que no habla pero que se hace oír; él nos acompaña incesantemente sin ser molesto; no hace preguntas importunas, ni es interesado porque nada pide; el libro es, sin duda, lo mejor o lo peor para la vida moral, según sea, bueno o malo.
Por lo tanto, importa mucho que el niño, desde los primeros años, tenga a la mano buenos autores. La elección de un amigo no es seguramente de más importancia.
Leer con aprovechamiento es tan importante para la higiene moral como beber y comer con mesura para la higiene física. La inteligencia se pervierte tan pronto como se estraga el estómago. En los primeros años el gusto no resiste a ningún exceso.
Si no has leído más que buenos libros, respondo de la salud de tu espíritu; sí, por el contrario, has nutrido tu inteligencia con las lecturas de malos libros, eres hombre perdido. Has tenido una nodriza equivocada, has bebido mala leche y tu sangre está envenenada.
Crónicas tristes: Los cuentos baratos
¿Habéis leído esos libros de cuentos pequeñitos?
Cuestan muy poco dinero, apenas algunos centavos.
Sí; pero de seguro no habéis pensado en la gran bondad que derraman esos cuadernitos minúsculos. Son buenos como una hada.
Pero la gracia de estos libros no es sólo para los niños ricos; éstos muchas veces los hacen pedazos y juegan con las marionetas vibrantes. Son misericordiosos para los niños pobres: éstos se envuelven en su magia ya que les está prohibido jugar con el arlequín expuesto en la vitrina.
Y como son tan baratos todos los pueden obtener. En esas páginas pueden penetrar en países donde todos los niños son buenos, donde todos tienen juguetes vistosos.
Ved pues si estos cuadernos pequeños no tienen una honda significación. Son buenos para los que empiezan ya a sentir el peso de una pena, para las espaldas débiles que experimental como un gran fardo la carga de las injusticias que los empuja con presión vigorosa.
Afortunadamente, las hadas son demasiado maternales; ellas vivirán siempre para guiar a los niños por los caminos donde la luna es de oro y de ensueño…
…
Esta noche un niño leía un librito de cuentos.
Tenía hambre pero pasaba ávidamente ante sus ojos las páginas amables.
Las hadas hacen olvidar las mordeduras del estómago; son más cariñosas que los hombres.
Pues bien; leía un cuaderno ¡Debe de haber sido una historia de sabrosa alegría!
Bajo un farol de la avenida se engolfaba en su lectura. Ningún transeúnte pasaba a pie. Apenas algunos autos insolentes roncaban cerca de las aceras.
Yo hubiera querido preguntarle algo. Pero pensé en que me iba a ser imposible aliviarle el hambre. Por eso seguí hacia delante… cuando regresé el niño estaba ya dormido. Sostenía entre sus manos flacuchas el pequeño cuaderno.
Ha de haber soñado que era un héroe audaz, que tenía un palacio de mármol, y que en la mesa, el día de sus bodas con la más linda princesa de la comarca, manos invisibles colocaban sobre los admirables manteles, fuentes maravillosas.
Al pasar cerca abrió los ojos enfermizos; el ruido de mis pasos lo había despertado.
Yo me alejé muy triste.
Lo que acababa de hacer era un horrible crimen.
Cuentos de hadas
En los mejores cuentos escritos poco há para los niños hay un matiz que no es fácil definir, pero que inevitablemente se debe a que el autor habla a niños educados en escuelas y salones, no en campos y bosques; niños cuyas disposiciones favoritas son los remedos precoces de la vanidad de las personas mayores y cuyo concepto de la belleza depende del costo del vestido. Las hadas que en los afortunados sucesos de estos pequeñuelos intervienen, distínguense principalmente por sus chinelas de raso de última moda y asustan más por su donaire que por sus encantos.
La fina sátira que, fluyendo por todas las páginas retozonas, hace algunos de estos cuentos recientes tan atractivos para los viejos como para los jóvenes, me parece que los acomoda a su propia función. Los niños deben reírse; mas no burlarse; y cuando se ríen no ha de ser de los defectos y debilidades de los demás. Siempre que lleguen a interesarse por los caracteres de los seres que los rodean, debe enseñárseles a buscar con afán el bien, no estar maliciosamente en asecho para alegrarse del mal; deben ser harto dolorosamente sensibles al mal para reírse de él y sobrado modestos para constituirse en jueces.
En esos errores de poca importancia va incluido otro más grave. Así como en los cuentos modernos para niños se ha perdido la sencillez del sentido de la belleza, así se ha perdido también del amor. Esa palabra, que debiera, en el corazón de un niño, representar la parte más vital y constante de su ser; que debiera ser el signo de las ideas más solemnes que informan su alma naciente, y que debiera inundar, con gran misterio de autora, el cenit de su cielo y arrancar fulgores al rocío de sus pies; esa palabra, que debiera ser sagrada en sus labios unida al nombre que no puede pronunciar en vano, y cuyo significado debería suavizar y verificar todas las emociones por las cuales se revelan a su curiosidad las cosas inferiores y las criaturas débiles, colocadas debajo de él en su exiguo mando; esa palabra, en los modernos cuentos para niños, está restringida demasiado a menudo y es obscuridad en el jeroglífico de un mal misterio, que turba la suave paz de la juventud con prematuros destellos de pasión no comprendida y produce sombras de pecado no reconocido.
Semejantes defectos en el espíritu de las recientes ficciones escritas para niños, están relacionadas con un fin paralelamente descabellado. Los padres, demasiado indolentes para formar los caracteres de sus hijos por medio de saludable disciplina, o que en sus hábitos y costumbres de vida saben que les dan mal ejemplo, se afanan vanamente por reemplazar la influencia persuasiva del precepto moral, introduciendo a modo de diversión por la fuerza moral del hábito inducido por la justa autoridad: en vano intanta formar el corazón de la infancia con prudencia deliberativa, en tanto que abdican de la tutela de su indiscutible inocencia, y retuercen, en las agonías de una filosofía precoz de la conciencia, el vigor un día intrépido de su virtud inmaculada y resuelta.
El niño no necesita elegir entre el bien y el mal. No debe ser capaz de hacer el mal ni de concebirlo. Obediente, como el barco al timón, no por subitorsión o esfuerzo, sino con la libertad de su vida diaria; verdadera, con una verdad sin distingos, sin elogios, sin fanfarronería; en un mundo cristalino familiar de veras; noble, a través de las diarias pretensiones de nobleza, las honrosas confianzas y el orgullo del compañerismo infantil en los oficios del bien; fuerte, no en la lucha acerba y vacilante con la tentación, sino en la paz del espíritu y con la armadura del bien habitual, en la cual la tentación es como granizo que se derrite; no en la enfermiza restricción de apetitos viles y pensamientos ambiciosos, sino en la alegría vital de la satisfacción en posesión exigua, sabiamente estimada.
Los niños así educados no necesitan de cuentos de hadas, sino que encontrarán en cualquier tradición del tiempo viejo, en apariencia vana y caprichosa, una enseñanza a que no puede sustituir ninguna otra y cuya fuerza no puede medirse; animando para ello el mundo material con inextinguible vida, fortaleciéndolos contra la glacial frialdad de la ciencia egoísta y preparándolos sumisamente y sin ninguna amargura de asombro a contemplar más tarde el misterio –que por divino decreto sigue siendo tal para todo pensamiento humano– del destino que le esté reservado al mal, lo mismo que al bien.
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Por John Ruskin (1819-1900). Ciudad de Guatemala, Diario de Centro América, 1914.
Para los maestros: Las lecturas que agradan
La vía experimental ha sido hasta ahora poco empleada para descubrir qué lecturas agradan a los niños. Este medio es extenso y delicado. Observar el juego de las fisonomías durante una lectura en clase, es un procedimiento relativamente fácil; pero hacen para ello falta observadores expertos y exentos de ideas preconcebidas. Hásele utilizado en una escuela parisiense para los niños de curso elemental. Trozos escogidos de un libro escolar eran leídos por el maestro, a razón e dos por sesión, sin comentario ni explicación. Era ésta, pues, una lectura a primera vista, tal como el niño la hace cuando tiene el libro en sus manos. Se echó mano de todos los géneros: exposiciones sobre los deberes de los niños, escena de familia, historietas morales, relatos divertidos o trágicos, salidas oportunas y dichos graciosos de los animales y de los hombres, poesías. Digamos de una vez que de estas últimas, inclusas las de Ratisbonne y de
El procedimiento que consiste en preguntar a los mismos niños lo que prefieren es más delicado todavía. Lo difícil es hacer bien la pregunta. Una de las escasas pruebas de ese género fue hecha en Moscou. Promueve ella no pocas objeciones, de las que hablaré para demostrar precisamente el peligro, ya indicado por Bidet, de los cuestionarios para niños. Sometiese la prueba a 1,600 alumnos. He aquí la primera pregunta: “¿Qué prefeís leer: narraciones, poesías o fábulas? Vese en seguida que la pregunta hubiera ganado en precisión si se hubiera dicho: ¿Qué preferís? ¿tal lectura o tal otra?” indicando el título de la narración o de la fábula. Cada alumno era interrogado aisladamente, para evitar toda sugestión. ¿Es posible esto, en 1,600 interrogatorios? Otra pregunta: ¿Qué especie de narraciones preferís, narraciones verdaderas o fantásticas? Para niños de corta edad, la realidad y el ensueño se sobreponen con tanta frecuencia que han debido verse perplejos, a menos que hayan elegido las narraciones verdaderas para no verse tachados de tontos.
He aquí las conclusiones de la investigación, las que hay que aceptar con todas las reservas: Los niños de 9 á 13 años se interesaron en las narraciones largas y completas concernientes a los hombres; se interesan muy poco en las poesías y en las descripciones de la naturaleza, menos aún en las fábulas; conceden mayor valor a la pintura de lo verdadero y no gustan de los relatos fantásticos.
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En: L´Ecole Nouvelle. Ciudad de Guatemala, Diario de Centro América, 2 de mayo de 1914. p. 13.