jueves, 6 de agosto de 2009

V. En torno a las prácticas de lectura en 1914

Crónicas tristes: Los cuentos baratos


¿Habéis leído esos libros de cuentos pequeñitos?

Cuestan muy poco dinero, apenas algunos centavos.

Sí; pero de seguro no habéis pensado en la gran bondad que derraman esos cuadernitos minúsculos. Son buenos como una hada.

Pero la gracia de estos libros no es sólo para los niños ricos; éstos muchas veces los hacen pedazos y juegan con las marionetas vibrantes. Son misericordiosos para los niños pobres: éstos se envuelven en su magia ya que les está prohibido jugar con el arlequín expuesto en la vitrina.

Y como son tan baratos todos los pueden obtener. En esas páginas pueden penetrar en países donde todos los niños son buenos, donde todos tienen juguetes vistosos.

Ved pues si estos cuadernos pequeños no tienen una honda significación. Son buenos para los que empiezan ya a sentir el peso de una pena, para las espaldas débiles que experimental como un gran fardo la carga de las injusticias que los empuja con presión vigorosa.

Afortunadamente, las hadas son demasiado maternales; ellas vivirán siempre para guiar a los niños por los caminos donde la luna es de oro y de ensueño…

Esta noche un niño leía un librito de cuentos.

Tenía hambre pero pasaba ávidamente ante sus ojos las páginas amables.

Las hadas hacen olvidar las mordeduras del estómago; son más cariñosas que los hombres.

Pues bien; leía un cuaderno ¡Debe de haber sido una historia de sabrosa alegría!

Bajo un farol de la avenida se engolfaba en su lectura. Ningún transeúnte pasaba a pie. Apenas algunos autos insolentes roncaban cerca de las aceras.

Yo hubiera querido preguntarle algo. Pero pensé en que me iba a ser imposible aliviarle el hambre. Por eso seguí hacia delante… cuando regresé el niño estaba ya dormido. Sostenía entre sus manos flacuchas el pequeño cuaderno.

Ha de haber soñado que era un héroe audaz, que tenía un palacio de mármol, y que en la mesa, el día de sus bodas con la más linda princesa de la comarca, manos invisibles colocaban sobre los admirables manteles, fuentes maravillosas.

Al pasar cerca abrió los ojos enfermizos; el ruido de mis pasos lo había despertado.

Yo me alejé muy triste.

Lo que acababa de hacer era un horrible crimen.

Así es como hoy cuando paso cerca de un niño pobre, en las noches llenas de frío y de luceros, camino de puntillas por miedo de sacarlo de un palacio de hadas.
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Por Carlos Gustavo Martínez. En: Ciudad de Guatemala, Diario de Centro América, 20 de mayo de 1914. p. 1

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