sábado, 10 de noviembre de 2007

Rastreando pistas de las prácticas de lectura y la figura de lector en Guatemala

Para hablar, en Guatemala, de aspectos relacionados al libro, la lectura y la construcción de la figura del lector en general, y la del de literatura infantil en particular, debemos comenzar revisando aquéllos que dicen respecto a la producción de los primeros libros en el país, porque ellos nos dan pistas acerca de la historia del libro, pero no necesariamente dan cuenta del desencadenamiento de la función social que se le reconoce a la lectura y al lector en la actualidad.

Se reconoce como la primera obra literaria escrita en castellano en Guatemala a la “Verdadera y notable relación del descubrimiento y conquista de la Nueva España y Guatemala” (1560-80) de Bernal Díaz del Castillo y publicada en 1632 en Madrid en la imprenta del Reino[1]. El libro, como objeto, posee 598 páginas en pliegos de papel español debidamente encuadernados, en piel roja obscura; el texto escrito, en letra clara y dibujada, tiene enmiendas, palabras y hasta párrafos testados, intercalaciones y alteraciones en el orden de los capítulos, todo del puño y letra de Bernal (Vela, p. 106). Sin embargo, esta obra solo fue leída por sus descendientes, siendo uno de los más asiduos el, también, cronista Francisco Antonio Fuentes y Guzmán creador de la obra “La Recordación Florida[2]. Pero, el libro continuo estando en manos de familiares y solo comienza a ser socializado ampliamente en la primera mitad del siglo XX cuando se hacen algunas ediciones. A principios del siglo XIX la obra fue reimpresa por don Benito Cano y en 1861 por don Enrique Vedía (Salazar 1951: 139). Fue traducida al alemán en 1838 y al francés en tres volúmenes por el poeta dominicano José María Heredia (1877-1878), Además, se han realizado más de cincuenta ediciones a la fecha. A pesar de ello, la obra de Bernal Díaz del Castillo no se conoce en el país, a no ser por fragmentos en libros didácticos de estudios sociales o de lectura.

De él dirá Juan Pablo Patiño Káram “En la crónica Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España de Bernal Díaz Del Castillo está en juego algo más que una simple narración de hechos. Las características del texto inmerso en un mundo oral heredado de la Edad Media plantean nuevas dimensiones tales, que lo transforman de un simple relato, a una representación teatral que le da vida. La oralidad que aún sobrevive en el libro lo actualiza en cada interpretación, convirtiéndolo así, en una vivencia[3].

A lo que agrega Carlos Pereira “la narración corre fácil y llana, sin rodeos y sin adornos. El autor sabe y quiere emplear la común habla de Castilla la Vieja, que en sus tiempos se tiene por la más agradable, privándola de razones hermoseadas y de afeites. Piensa en el hecho, no en la palabra. Y la palabra acude siempre para dejar una imagen precisa, viva y emocionante, de algo visto u oído.(Apud: VELA, 1985: 107)

Lo anterior, deja entrever, por otro lado, que la importancia de este libro radica también en la de ser uno de los textos que representen la transición entre la lectura oral y la lectura silenciosa que comenzaba a practicarse en el siglo XV, así como de ser el primer testimonio de las relaciones establecidas entre los conquistadores españoles y los indígenas americanos. Algunas de las características de esto están en que los capítulos son cortos, hay una representación oral del discurso o sea lo escrito está para ser teatralizado y por eso, como enfatiza Pereira: piensa en el hecho y no en la palabra. Hay equivalencia entre el hablar y el escribir y el escuchar y el oír. Por todas estas razones el libro merecería un estudio más acucioso y arrojaría más luces con respecto a las prácticas de lectura.

Paralelo a ello, se observa en relación a la lectura que los religiosos que vinieron a partir de 1524 se dedicaron a catequizar y convertir a los indígenas y a cooperar para que estos contribuyeran a la edificación de pueblos. Por esas mismas razones, en 1548 se manda a que se haga el arte o gramática y vocabulario de las lenguas indígenas. De esa cuenta, en el siglo XVI, cuando se funda la Universidad de San Carlos, los primeros favorecidos fueron los estudios de los idiomas kakchiquel y k´iché que ganaron una cátedra allí, además de ser enseñados en los conventos.

Esto quiere decir que al principio no había una exigencia drástica para que el “castellano” se convirtiera en la lengua única. Así que aparte de la novela de Bernal, lo que se conoció hasta 1781 aproximadamente, fueron las crónicas y los estudios lingüísticos de los religiosos. Esta última fecha, además, marca la publicación del poema “Rusticatio Mexicana” escrito en latín por Rafael Landívar y publicada en Módena, Italia y del cual se hizo una segunda edición corregida y aumentada en 1782 en Bolonia, Italia.

En materia literaria, sin embargo, la mayoría de estudiosos coinciden que fue un período pobre, pero, a pesar de ello, se puede afirmar que el libro de Landívar es el que se convierte en el punto de fuga para la configuración de nuestra literatura nacional porque en ella se observan trazos de lo “nacional” aunque estuviera escrito en latín.

En cuanto a la circulación de libros en el Reino de Guatemala durante la Colonia, algunos datos se obtienen del “Catálogo del Museo del Libro Antiguo” compilado por el profesor Manuel Reyes Hernández en el que consta que además de los libros de horas, religiosos, la elite criolla tuvo acceso a libros como los de Don Quijote de la Mancha (Edición de 1615), Theatro Universal de España, de Francisco Xavier (1737), Historia de los trabajos de Persiles y Segismundo de Cervantes (1768), Les aventures de Telémaque (1783), Obras escogidas de Francisco de Quevedo (1794), El paraíso perdido de John Milton (1812); y en la época independiente encontramos: La Florida del Inca de Gracilaso de la Vega (1829), Historia de Gil Blás de Santillana (1833), Leçons et Modéles de Litérature Française de (1852), Vida y viajes de Cristobal Colón de Irving Washington (1954), Notre Dame de Paris de Victor Hugo (1864), Teatro completo de J. R. de Alarcón de Ramón García (1884) Lourdes de Emilio Zolá (1896), entre otros. En correspondencia a las prácticas de lectura, en el periodo pre y los primeros años de postindependencia, estas se pueden observar a través de la publicación de periodicos como La Gaceta de Guatemala (1729), El Editor Constitucional[4] (1820 pertenecía al partido de los liberales y más tarde conocido como El genio de la libertad) y el Amigo de la Patria[5] (1820). Entre estos dos últimos se estableció un diálogo y discusión política que resultaron con la Declaración de la Independencia del Reino de Guatemala de la Corona Española en 1821. Pero,

los estudiosos leían obras penetradas subrepticiamente al territorio guatemalteco. De la misma manera que entraban obras en la clandestinidad, así también se leían copias de la constitución de los Estos Unidos, de la declaración de los derechos humanos y otros documentos considerados peligrosos por su contagio de ideas liberales. (…) Con todo y el clima poco propicio para la divulgación de ideas liberales, éstas se proyectaban a través del periódico, aun cuando y a partir del último tercio del siglo dieciocho, la Universidad de Guatemala y la Sociedad Económica de Amigos del País divulgaban, por su parte, las ideas liberales, formándose así un espíritu cosmopolita, manifiesto a través de la tertulia intelectual, germen de la rebeldía hacia las costumbres tradicionales y alimento del civismo; este espíritu de apertura ayudó a crear una voluntad fuerte para cambiar el pensamiento colonial” (Barrios; Albizurez, 1986: 205).

En este momento hubo una negación de la cultura letrada hacia el pueblo en general, que en su mayoría representaba una masa de analfabetos, cortándoles de tajo su participación popular y democrática en el proceso de independencia nacional.

Por otro lado, siguiendo las pistas de la construcción de la figura del lector, la primera referencia que se tiene de un método alfabetizador en castellano es el escrito por Fray Matías de Córdova titulado “Método fácil de enseñar a leer y escribir” impreso en Guatemala y Chiapas, el cual se impuso como texto oficial. Sin embargo, de este método lo único que se conoce en la actualidad es lo que apunta David Vela en su libro “Literatura Guatemalteca”. Una Advertencia que reza así:

Se han hecho reformas utilísimas a que deben sus rápidos progresos las ciencias y las artes; pero el arte de pintar la palabra; la ciencia de hacer visible el pensamiento, es muy poco lo que debe a los sabios. Los hombres que por su concepto de científicos hubieran podido contrarrestar a la fuerza de la rutina, tal vez han ocupado exclusivamente su atención en adelantar los conocimientos menos generales; de modo que se han olvidado de lo mucho que les costó poner el pie en el primer escalón indispensable para elevarse a la altura de las ciencias; o tal vez han tenido a menos ocuparse en lo que no es más que el cimiento del edificio de la ilustración, en términos que han negado a los niños un alivio y a la humanidad un beneficio; los niños se hallan abrumados con el peso insoportable de comenzar a ejercer sus funciones intelectuales por la más difícil de cuantas ciencias y artes puede adquirir el hombre. Se ve por lo mismo como procuran evadir por todos medios la opresión, en que si no fuera por la debilidad de la infancia no se les podría contener”. (Vela, T. I, 1985: p. 216-217)

Esto, porque casi toda la obra escrita de Fray Matías de Córdova se perdió en un naufragio sufrido en uno de sus viajes cerca de las costas de España.

Pero, una vez desligados de la corona por el proceso de independencia ocurrido en 1821 y la desanexión de México en 1823, el Congreso Constituyente del 29 de octubre de 1824, ratifica por medio de un decreto ley en el que se consigna que todos aprenderían a hablar, leer y escribir en un mismo idioma: el español, el mismo se lee:

Debe ser uno el idioma nacional, y que mientras sean tan diversos cuanto escasos e imperfectos los que aún conservan los primeros indígenas, no son iguales ni comunes los medios de ilustrar á los pueblos, ni de perfeccionar la civilización en aquella apreciable porción del estado, ha tenido á bien decretar y decreta:

1. Los párrocos, de acuerdo con las municipalidades de los pueblos, procurarán por los medios más análogos, prudentes y eficaces, extinguir el idioma de los primeros indígenas.

2. Probando los mismos párrocos haber puesto en uso con buen éxito, en todo o en parte, cuanto estuvo en sus facultades para el cumplimiento del anterior artículo, se tendrá por el mérito más relevante en la provisión de curatos.

A partir de entonces se comienzan a ensayar modelos educativos y de enseñanza y a perfilar la nación guatemalteca. Para ejecutar el proyecto nacional con mayor eficacia se requería de un Estado centralista y unitario que albergara en torno de sí una nación homogénea y la forma más eficaz que encontraron los liberales para la implantación de dicho modelo de cultura fue a través de la educación; por eso se va a concentrar en el objetivo de hacer con que la ésta se constituya en uno de los pilares fundamentales y claves sobre los cuales descanse la transformación de la sociedad moderna.

Por esta razón, Miguel García Granados y José Miguel Vasconcelos crean un decreto, el 14 de Agosto de 1872, con el que se derroga la Ley Pavón[6] y se inicia la reforma educativa que declara la enseñanza primaria como laica, gratuita y obligatoria para todos. Este hecho produjo un gran revuelo en el medio, dando lugar al rompimiento del concordato con el Papa. Después, el siguiente paso sería impulsar el desarrollo de infraestructura y la calificación de recursos humanos.

Debido a esto se establecieron en todo el país escuelas normales tanto para varones como para mujeres. Las escuelas normales fueron creadas durante el gobierno de Mariano Gálvez (1831-1838) y habían funcionado como escuelas demostrativas para la difusión del sistema lancasteriano. En esta segunda etapa el normalismo se institucionaliza, permitiendo “promocionar la formación constante de maestros tanto para escuelas urbanas como rurales” (Little Siebold, 1994:28). Sin embargo, se puede observar que su función iba más allá del simple entrenamiento de maestros, pues también contribuyeron para la formación de núcleos de creación y producción de materiales y recursos que pudieran auxiliar en la tarea educativa.

Además, para emprender tamaña empresa, el gobierno hizo traer profesionales y técnicos de diversas partes del mundo como España, Suiza, Norte y Sur América. Pero principalmente fue la aportación de los profesores cubanos José María Izaguirre, a quien le cupo fundar la Escuela Normal Central de la cual fue director por muchos años, del escritor José Martí, que colaboró como profesor invitado, y Juan García Pirón quienes ayudaron en la actualización, profesionalización y sistematización de la educación nacional. En 1884, según Decreto 312, se hacen cambios a la ley orgánica y reglamentaria modificando en la parte normal los años de estudio. Esto hizo posible la adopción de un plan de enseñanza más completo para la formación de los futuros maestros (González Orellana, 1970). En otras palabras, podemos decir que las escuelas que se fundaron durante el periodo liberal tenían finalidades prácticas, incluso la Universidad Nacional adoptó esta postura que se tradujo en dar cabida y más apoyo a los estudios de medicina, derecho e ingeniería.

En fin, sobre estas bases se construye el sistema político, legal y sociocultural de la República Constitucional de Guatemala que, además, se instituye sobre la plataforma de una reforma liberal asimétrica donde el centro director es el Estado, estableciéndose de ese modo un gobierno vertical que no permite la participación de las masas y que adopta un criterio paternalista resumido en la frase del despotismo ilustrado todo para el pueblo, pero sin el pueblo. De esta forma, se desencadena una economía capitalista excluyente y racista basada en la agricultura y en los monopolios.

No obstante, una vez que se establece el modelo de un Estado de Derecho a partir de 1871, ratificado en la Carta Magna de 1879, aparecen también los signos embrionarios del desarrollo nacional. El siguiente paso sería el incentivo de la planeación estratégica del Estado, donde entran aspectos de control y de orden que limitan sus beneficios potenciales para dar lugar a la creación de una política de apertura de capitales para atraer inversionistas extranjeros, al mismo tiempo, esta política se ampara en la ilusión utópica de propiciar la unificación centroamericana como una forma de seguir manteniendo la hegemonía en el área.

Pero, no sino hasta la creación del Ministerio de Educación en 1872, que en aquel entonces nació adscrito a la Secretaría de Relaciones Exteriores, cuando se empieza a pensar en la creación de libros específicamente destinados a la infancia que poseyeran una idiosincrasia guatemalteca. De esa cuenta se publican los primeros libros de lectura escritos por el licenciado Vela Irisarri, los cuales se usaron hasta 1930 aproximadamente.

Durante las primeras tres décadas del siglo XX surgen varios libros de lectoescritura y en 1923 se adopta como texto de lectura para los establecimientos de enseñanza pública el “Libro Alfa” de la educacionista Señora Illescas de Palomo.

Como una renovación de métodos alfabetizadotes y de enseñanza de la lectoescritura, aparece en 1940 el libro “Barbuchín” libro segundo de lectura escrito por el Profesor Daniel Armas, el cual se ha transformado en un clásico de esta naturaleza, teniendo a la fecha más de cincuenta ediciones, además de convertirse en un prototipo de libros de lectura nacionales.

En las décadas posteriores se usaron para este fin la cartilla “Castilla”, la colecciones “El Quetzal” de Ángel Suárez, “Libro Azul” método ecléctico del profesor Bonilla, los libros del programa ROCAP-ODECA en los años 60 y hasta los libros de lectoescritura como “Victoria”, “Nacho”, “Lecturitas” y otros que aparecen a partir de la década de 1980 en un nuevo formato y presentación conocido como Libros de Área, en este caso, de Lenguaje o Idioma Español.

Todos estos métodos han servido para dotar de las herramientas básicas a los niños para que puedan llevar a cabo las prácticas de lectoescritura con eficiencia, pero no son muestra objetiva de la construcción de una actitud lectora en ellos. Para esto, habría que iniciar una serie de estudios e investigaciones multidisciplinarias.

Hoy en día, aunque se puede observar una gran diversidad de este tipo de libros en el mercado, hasta la fecha no existe alguna crítica de los mismos que puedan indicar avances, retrocesos, ventajas o desventajas. Lo único que hay son indicadores de analfabetismo y muchos estudios que reflejan las deficiencias de las prácticas lectoras como lo muestran claramente las pruebas de lectura y lenguaje fracasadas de los estudiantes que quieren optar a una carrera universitaria o puestos de trabajo.

Por lo anterior, sirva este artículo para despertar la curiosidad de los académicos y se pueda entablar una discusión más profunda sobre estos temas, cuyos resultados, también, puedan redundar en beneficios para la población guatemalteca.


[1] El manuscrito original se conserva en los Archivos de la Municipalidad de Guatemala, donde consta que alguien la copió íntegramente en el año 1605.

[2] Este texto sirvió de base a Severo Martínez para describir su teoría sociológica en su libro “La patria del criollo”.

[3] En: http://www.ucm.es/info/especulo/numero24/bernalc.html Accesado: 8 de noviembre de 2007.

[4] Según Catalina Barrios y Barrios y Francisco Albizurez Palma, “el Editor Constitucional se proponía criticar todo aquello que lastimara los derechos de los guatemaltecos, a la vez que ejercer una constante docencia y despertar vivo interés hacia la vida nacional. (…) se pronunciaron por la dignificación del indio y para ello argumentaron que no hay descendientes más directos de África que los españoles”. (1986: 204).

[5] En este periódico “se hace énfasis en el aspecto científico. Continúa el Enciclopedismo, pero la literatura no es la más interesante en él. Se publica alguna que otra fábula. Sutilmente podrían notarse algunos brotes criollistas también aquí, en un leve contraste entre la población urbana y la del campo. Tenía tendencias conservadoras”. (Barrios; Albizurez, 1986: 386).

[6] Ley Pavón de 1852, que restringe y limita la instrucción primaria, convirtiéndola en confesional, dogmática y rutinaria. (González Orellana, 1970; 254).

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