Niños sin niñez
por Francisco Figueroa
Lo que es los niños están, como se dice, en el candelero, en calidad de tema favorito de maestros y de periodistas que en estos días han dedicado más de un artículo cargado de sustancia y de hondo interés patriótico al referirse a los problemas y necesidades irresueltas de la infancia, particularmente en lo relativo a las bibliotecas especiales para quienes andan en esa dichosa edad de la vida, y que es indudable se instalarán en nuestros principales centros urbanos en cuanto se cuente con los medios de organizarlas y sostenerlas, creando así motivos complementarios de felicidad y desarrollo mental para los futuros hombres y mujeres, si damos fe -¡y cómo no!- a las observaciones anotadas paciente y razonadamente por el fervor de Manuel Chavarría Flores, uno de los más empeñados en esa que ya puede llamarse campaña cultural, pues en ella interviene con acierto y entusiasmo otro talento joven y madura que derrama sus joyas mentales en las columnas de este diario.
Ese interés manifiesto por los niños y cuanto con
ellos se relaciona es harto explicable en estos tiempos, si consideramos que el
presente ha sido llamado el siglo de la infancia; y en estos días, si tenemos
en cuenta que están próximas a reabrirse nuestras escuelas con la llegada del
mes florido, y como cosa natural y consecuente a tan gratas proximidades el
corazón se abre a sentimientos esperanzadores que encuentran en el reflorecer de
la naturaleza y en el renuevo de la humanidad su mejor motivo.
Algunas veces, claro está, esos sentimientos ceden
lugar aunque acá de modo provisional a una suerte de desánimo que, si somos
corajudos, convertimos en estímulo para enfrentar verdad a las realidades en
lógica acción de quien quiere ir al acontecimiento de éstas son preceptos
engañosos. A la inversa, quien se siente débil se abandona con facilidad al
influjo de situaciones ingratas o pretende modificarlas en su favor mintiéndose
a sí propio.
Ocurre esto –y las respectivas consecuencias según el
temple de alma que se tenga, como queda dicho- en presencia y por la
observación cotidiana, repetida, constante hasta no quedar duda de que se trata
de un hecho social externo, de chiquillos que abarcan desde la edad parvulario
hasta la pre adolescencia, los cuales ofrecen algunos claros de una privación
grave que deberá afectar su vida toda: privación de su niñez, de los derechos,
oportunidades y privilegios añejos a esa condición. Fundamenta este aserto el
apreciar en los referidos chicuelos, lo bastante numerosos para preocupar a
quien siente interés y cariño por ellos, señales evidentes del abandono a que
viven sujetos en lo que se refiere a su salud, educación, vestido, por causas
imputables a los padres en mayoría de casos, y en otros atribuibles con más o
menos certeza a un notorio desajuste –que por cierto tiene carácter universal-
en lo que se relaciona con las condiciones de vida de los diferentes grupos
constituyentes de la colectividad humana.
Dejando cada última hipótesis de lado, me ocuparé de
aquellos casos en que inconsciente o deliberadamente, a impulsos de costumbre
familiar o por imperativos de la necesidad, siempre como un síntoma de
inadecuación y mal gusto, se priva a los niños hasta del encanto de vestir como
tales, lo cual en final resultado les seca el alma y les deja sin ella el resto
de la existencia, pues parece como si hubieran nacido viejos, sucios y
perezosos cuando no malos y prontos a reclutarse en las filas del delito. Es cosa
corriente ver entre los muy pobres como entre los que superan esa situación sin
ser la suya muy holgada, cómo visten a sus pequeñitos, desde que quieren y
empiezan a gatear, con burdos pantalones y sombrerotes los hombrecitos, que
arrastran una grotesca chaqueta para completar la apariencia adulta y triste de
seres humanos malogrados con anticuadas enaguas y rebozos las mujercitas, que
ya así adoptan la actitud arisca y severa de hembras mayores. Por supuesto,
tendría gracia como juego si ese disfraz de su verdadero estado pueril durara
un rato, un día; pero como lo llevan los pobrecitos como una señal infamante,
pues la tal vestimenta está siempre formada de grupos de harapos, la influencia
deprimente y formadora del complejo de inferioridad, resalta con tal evidencia
que no verla acusaría falta de visión.
Parecerá menuda a quien no gusta de estas
observaciones el ocuparse de un aspecto que al seco de espíritu nada dice. Con
poco puede convencérsele de su error, pues tras la señal visible está una serie
de actos, de comisiones, de descuidos y de imposibilidades que obligan a
afirmar que a esos niños se les roba su infancia, se les defrauda por
adelantado en cuando constituye su derecho natural por el hecho de ser humanos
y se les coloca más cerca de la muerte física que líquida felizmente muchas
imperfecciones, o de la vida insuficiente en que serán pobres seres condenados
a caer muchas veces antes de la definitiva liberación.
En efecto, es de creerse que el niño envuelto en harapos que imitan traje de hombre –campesino, mozo de cordel, basurero, mendigo…- o la niñita que parece una mengala en miniatura –verdulera, sirvienta, prostituta…- también carecen dentro del mísero hogar de su ración de leche, de cariño, de alegría. Son por anticipado carne de sufrimiento, de carencias, de odios. Sus juguetes son el cacaxte, la piedra de moler, el canasto. Porque esa es otra: desde muy tiernos se inician en el aprendizaje del oficio de sus progenitores a quienes acompañan para entrenar las piernas en el largo andar, y a veces ayudan con grandes desproporcionadas cargas de buhonería, de verdulería.
Es este el caso en que, por muy fuertes que nos sintamos no podemos eludir el desfallecimiento, al peso pesadísimo del pesimismo.
Y no es juego de palabras, que sería demasiado cruel para ofrecerlo como único posible consuelo a todos esos niños que no tienen, que no tuvieron, que no tendrán lo más propio para ellos: su niñez.
Fuente. El Liberal Progresista, 1942.. ©Biblioteca AGLIJ, 2026.