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13 de mayo de 2026
Horrores que circulan como literatura infantil.
Por Dolores C. de Burián, 1942.
Con los cuentos truculentos, sanguinarios y feroces, que leyeron los niños hasta ayer, y que todavía andan por las librerías, es lógico que aumentara la criminalidad en tiempos de guerras y en tiempos de paz. Los padres que han permitido a sus hijos como primeras lecturas esos cuentos terribles que nos legó la Edad Media, son responsables de inúmeras crueldades, anomalías y bestialismos.
En Blanca Nieves, la reina envidiosa de la belleza de su hijastra Blanca Nieves, ordena a un cazador que la mate. El cazador lleva a la reina las entrañas –que ha cambiado por las de un ciervo- y la reina se las come creyéndolas humanas. La reina descubre que las entrañas no han sido las de su hijastra ni que ésta ha muerto, y como castigo hace calzar a Blanca Nieves unas zapatillas de baile enrojecidas de fuego, que le achicharran los pies y le causan la muerte.
Es un crimen que todavía hoy se entreguen a los niños tales relatos.
En Juanito y Anita –conocido también por Juanita y Margarita –dos niños abandonados por sus padres en el bosque, so pretexto de miseria, llegan en sus correrías a la cabaña de una vieja bruja que se apodera de los niños con la intención de comérselos.
Pulgarcito es la historia del abandono de siete niños en un bosque por sus padres. Van a la cabaña de un ogro que se come a los niños vivos y que degüella a sus siete hijas.
Griselda es la historia de las crueldades que un joven rey comete con su esposa, a quien repudia, para casarse con su propia hija.
En Piel de Asno un rey, al enviudar, concibe el proyecto de casarse con su propia hija.
En Barba Azul una joven se casa con Barba Azul, quien es viudo por sexta vez. La mujer descubre, horrorizada, los cuerpos sin vida de las seis mujeres anteriores de su marido, manchándose con la sangre que cubría el suelo. Barba Azul intenta quitarle la vida también a ella, pero sus dos hermanos la salvan, matando al sanguinario Barba Azul.
Padres: ¡Apartad estas enseñanzas de crueldades de vuestros hijos y de todo ser humano!
Niños sin niñez
por Francisco Figueroa
Lo que es los niños están, como se dice, en el candelero, en calidad de tema favorito de maestros y de periodistas que en estos días han dedicado más de un artículo cargado de sustancia y de hondo interés patriótico al referirse a los problemas y necesidades irresueltas de la infancia, particularmente en lo relativo a las bibliotecas especiales para quienes andan en esa dichosa edad de la vida, y que es indudable se instalarán en nuestros principales centros urbanos en cuanto se cuente con los medios de organizarlas y sostenerlas, creando así motivos complementarios de felicidad y desarrollo mental para los futuros hombres y mujeres, si damos fe -¡y cómo no!- a las observaciones anotadas paciente y razonadamente por el fervor de Manuel Chavarría Flores, uno de los más empeñados en esa que ya puede llamarse campaña cultural, pues en ella interviene con acierto y entusiasmo otro talento joven y madura que derrama sus joyas mentales en las columnas de este diario.
Ese interés manifiesto por los niños y cuanto con
ellos se relaciona es harto explicable en estos tiempos, si consideramos que el
presente ha sido llamado el siglo de la infancia; y en estos días, si tenemos
en cuenta que están próximas a reabrirse nuestras escuelas con la llegada del
mes florido, y como cosa natural y consecuente a tan gratas proximidades el
corazón se abre a sentimientos esperanzadores que encuentran en el reflorecer de
la naturaleza y en el renuevo de la humanidad su mejor motivo.
Algunas veces, claro está, esos sentimientos ceden
lugar aunque acá de modo provisional a una suerte de desánimo que, si somos
corajudos, convertimos en estímulo para enfrentar verdad a las realidades en
lógica acción de quien quiere ir al acontecimiento de éstas son preceptos
engañosos. A la inversa, quien se siente débil se abandona con facilidad al
influjo de situaciones ingratas o pretende modificarlas en su favor mintiéndose
a sí propio.
Ocurre esto –y las respectivas consecuencias según el
temple de alma que se tenga, como queda dicho- en presencia y por la
observación cotidiana, repetida, constante hasta no quedar duda de que se trata
de un hecho social externo, de chiquillos que abarcan desde la edad parvulario
hasta la pre adolescencia, los cuales ofrecen algunos claros de una privación
grave que deberá afectar su vida toda: privación de su niñez, de los derechos,
oportunidades y privilegios añejos a esa condición. Fundamenta este aserto el
apreciar en los referidos chicuelos, lo bastante numerosos para preocupar a
quien siente interés y cariño por ellos, señales evidentes del abandono a que
viven sujetos en lo que se refiere a su salud, educación, vestido, por causas
imputables a los padres en mayoría de casos, y en otros atribuibles con más o
menos certeza a un notorio desajuste –que por cierto tiene carácter universal-
en lo que se relaciona con las condiciones de vida de los diferentes grupos
constituyentes de la colectividad humana.
Dejando cada última hipótesis de lado, me ocuparé de
aquellos casos en que inconsciente o deliberadamente, a impulsos de costumbre
familiar o por imperativos de la necesidad, siempre como un síntoma de
inadecuación y mal gusto, se priva a los niños hasta del encanto de vestir como
tales, lo cual en final resultado les seca el alma y les deja sin ella el resto
de la existencia, pues parece como si hubieran nacido viejos, sucios y
perezosos cuando no malos y prontos a reclutarse en las filas del delito. Es cosa
corriente ver entre los muy pobres como entre los que superan esa situación sin
ser la suya muy holgada, cómo visten a sus pequeñitos, desde que quieren y
empiezan a gatear, con burdos pantalones y sombrerotes los hombrecitos, que
arrastran una grotesca chaqueta para completar la apariencia adulta y triste de
seres humanos malogrados con anticuadas enaguas y rebozos las mujercitas, que
ya así adoptan la actitud arisca y severa de hembras mayores. Por supuesto,
tendría gracia como juego si ese disfraz de su verdadero estado pueril durara
un rato, un día; pero como lo llevan los pobrecitos como una señal infamante,
pues la tal vestimenta está siempre formada de grupos de harapos, la influencia
deprimente y formadora del complejo de inferioridad, resalta con tal evidencia
que no verla acusaría falta de visión.
Parecerá menuda a quien no gusta de estas
observaciones el ocuparse de un aspecto que al seco de espíritu nada dice. Con
poco puede convencérsele de su error, pues tras la señal visible está una serie
de actos, de comisiones, de descuidos y de imposibilidades que obligan a
afirmar que a esos niños se les roba su infancia, se les defrauda por
adelantado en cuando constituye su derecho natural por el hecho de ser humanos
y se les coloca más cerca de la muerte física que líquida felizmente muchas
imperfecciones, o de la vida insuficiente en que serán pobres seres condenados
a caer muchas veces antes de la definitiva liberación.
En efecto, es de creerse que el niño envuelto en harapos que imitan traje de hombre –campesino, mozo de cordel, basurero, mendigo…- o la niñita que parece una mengala en miniatura –verdulera, sirvienta, prostituta…- también carecen dentro del mísero hogar de su ración de leche, de cariño, de alegría. Son por anticipado carne de sufrimiento, de carencias, de odios. Sus juguetes son el cacaxte, la piedra de moler, el canasto. Porque esa es otra: desde muy tiernos se inician en el aprendizaje del oficio de sus progenitores a quienes acompañan para entrenar las piernas en el largo andar, y a veces ayudan con grandes desproporcionadas cargas de buhonería, de verdulería.
Es este el caso en que, por muy fuertes que nos sintamos no podemos eludir el desfallecimiento, al peso pesadísimo del pesimismo.
Y no es juego de palabras, que sería demasiado cruel para ofrecerlo como único posible consuelo a todos esos niños que no tienen, que no tuvieron, que no tendrán lo más propio para ellos: su niñez.
Hermosa carta que nos dirige una de nuestras pequeñas lectoras
Lo que sí me ocurre decir claramente
a usted, es que desde la primera vez que mi papá leyó la manera de conseguir
los cuentos que usted galantemente ha ofrecido, he tenido el cuidado de que me
enseñaran cada noche el cupón que debía recortar de su ameno diario “El
Imparcial”. Hoy he completado lo diez que son necesarios, los cuales incluso se
servirá usted encontrar.
Al dar a usted las gracias por su
obsequio, permítame también que le dé mi humilde enhorabuena por la feliz idea
que ha tenido, porque con ella despierta desde los primeros años del niño, el
instinto de poner los medios lícitos para conseguir mediante el cuidado y la
perseverancia un objeto que nos agrade y nos interese.
Para concluir diré a usted que
aunque pequeñita, me encantan sobremanera los cuentos y por eso, siempre les
ruego a mis papás que me cuenten uno largo y bonito. El que usted tendrá la
bondad de darme hoy, lo aprenderé bien, y cada vez que yo lo narre a mis
amiguitas, tendré mucho gusto y buen cuidado de advertir que es uno de los
cuentos de Calleja con que el ameno diario “El Imparcial”, obsequió por medio
de cupones, para provecho y estímulo de la niñez.
Con toda consideración y respeto me
suscribo su muy atenta y segura servidora.
Aída Peralta C.
Un bello libro: canciones de la infancia
El licenciado Mario Alvarado Rubio, asesor de la Dirección General de Bellas Artes, se ha servido enviarnos un ejemplar de la obra de Roberto A. Valle G., Canciones de la infancia, editada en los talleres tipográficos del ministerio de Educación Pública como otra de las aportaciones bibliográficas hechas con motivo del segundo aniversario del régimen de liberación; se terminó de imprimir el 31 de agosto, y es sin duda uno de los trabajos más apreciables en su género; el propio licenciado Alvarado Rubio tuvo a su cuidado la dirección de la obra, y con ella dichos talleres se apuntan un éxito más.
Dos valores sustanciales se conjugan
en Canciones para la infancia: por
una parte, la música y letra de esas canciones, y por otra, los dibujos con que
las ilustró sabiamente, con sabiduría de artista que se hace niño para
interpretar la fantasía infantil en toda su delicadeza y en todo su hechizo,
Roberto Ossaye.
Por sí solas, estas ilustraciones le
dan carácter de álbum valiosísimo al libro editado por Bellas Artes: son
ilustraciones que pueden ponerse sin desdoro, antes buen con ufanía, al lado de
las mejores que hoy se estilan en los libros mejor presentados del extranjero,
y constituyen precioso legado del joven, talentoso artista que tanto prometía
como tanto realizó en poco tiempo, y que una muerte nunca bastante bien
deplorada truncó tempranamente, arrebatándole a Guatemala un valor que hubiera
enriquecido sobremanera su patrimonio cultural. Estos dibujos póstumos vienen a
renovar el dolor de la ausencia de Roberto Ossaye, y estarán muy bien en manos
de maestros, niños y artistas, para recordarlo más.
Respecto a las canciones en sí, de
las cuales la mayoría llevan música y letra de Roberto Valle, pero algunas la
letra de autor no identificado, otras son arreglos del mismo autor, tienen el
arte sencillo y “los temas ingenuos que corresponden a la corta edad de sus
futuros interpretes”, y de ellas dice el profesor Gilberto Zea Avelar (Aguilar),
en las palabras de presentación, que “son vivencias puras de la sensibilidad de
un maestro de escuela, que es artista”, y que “con sentido selectivo logró
reunir los temas arrancados de este mundo rico en colorido, emoción y poesía,
que despunta en la voz párvula de la vida humana y se desvanece en los linderos
de la adolescencia”, añadiendo que “Roberto Valle hizo un regreso a los sueños
de la infancia o vivió esa dimensión, cuando tuvo el anhelo de plasmar en el
pentagrama cada instante feliz, que tiene su propia estructura poética en el
alma infantil”.
Complace la publicación de obras
como esta, por lo que es en sí y por lo que anuncia de mejoras y
transformaciones en la escuela y en la vida de los niños de Guatemala, a
quienes un grupo de maestros y artistas, ya promisoriamente numeroso, están
dotando de elementos educativos de que antes carecían o sólo les llegaban, en
forma reducida, de procedencia extranjera: estas canciones, dentro normas
universales, se inspiran en un sano, prudente nacionalismo. Su autor y sus
editores merecen cálida congratulación.
Primavera en la Literatura infantil
M. S.
Al
tomar en sus manos este número de Mundo Hispánico habrá sentido el lector
cierta emoción contemplando el ropaje en colores que lo envuelve. Portada y
contraportada reproducen parte de las ilustraciones de los Cuentos pintados,
del poeta colombiano Rafael Pombo, recientemente publicados por Ediciones
Guadarrama, de Madrid.
Los Tres Magos vienen este año cargados con ese rico
presente de poesía e imágenes, que hace lustros habían desaparecido de nuestras
librerías. Todos los niños de lengua hispánica sentirán el alborozo que llenó
el corazón de sus padres y sus abuelos con estas preciosas fábulas, las más
bellas que jamás se han escrito en nuestras tierras para ellos. Rafael Pombo es
nuestro Andersen y nuestro Grimm, eterno amigo de los niños, para quienes dejó
los más delicados versos que dictó su corazón. Deslizando sus infantiles dedos
por las páginas de este libro se abrirán sus ojos entusiasmados ante las nobles
figuras del Gato Bandido, armado de pistolas y dagas de palo, y sentirán
tentaciones de salir tiesos y majos, con pantalón corto y encintado sombrero,
con Rin Rin Renacuajo, o de hartarse de pasteles con Simón el Bobito. Sus ojos
se humedecerán de lastima por la linda Pastorcita, que pierde sus ovejas, o por
la pobre Viejecita, que no tiene qué comer ni qué vestir. Todo un mundo
fantástico de Pardillo, Ratones, Michines y Chanchitos, joviales y traviesos,
que organizan fiestas y gritan y ríen.
Un gran dibujante madrileño, Casajuana, lo llenó de
colores y figuras. Era preciso para ello poseer el mismo espíritu, poético y
delicado, d Pombo, y Casajuana lo consiguió a la perfección, trazando estos
dibujos finos, ingenuos y dulces. Todos ellos durarán tanto como los versos de
Pombo, que es decir eternamente, y Doña Pánfaga, Juan Matachín y el Chunguero
no podrán desligarse de estas fábulas.
Otro gran escritor colombiano, Eduardo Caballero
Calderón, ha tenido buena parte en esta edición. Para ella y para todos los
niños de nuestra lengua escribió unas deliciosas páginas presentándoles a
Pombo, “al Colón que les descubrirá el mundo siempre nuevo en la poesía”.
El mismo inició en Ediciones Guadarrama, de la que es
director literario, hace meses, una colección de pequeñas biografías históricas
acomodadas a las mentes infantiles. Se titula La Historia en cuentos. Personajes y hechos de la Historia
Universal, de la historia de España y América, figuras bíblicas y de las
posteriores generaciones cristianas. Todo ese mundo ingente que ha hecho la
Historia a lo largo de los siglos y nos ha otorgado cuanto poseemos y somos,
irá desfilando por la colección, contando para los tiernos corazones y las
mentes ingenuas de los niños por la mágica pluma de Caballero Calderón. Cuatro
tomitos ha publicado hasta estos momentos, y en ellos se habla del
descubrimiento y conquista se habla del descubrimiento y conquista de América,
de la historia de Colombia y de algunos relatos evangélicos. Los hijos del sol, El pastor de puercos, El
almirante niño, El caballito de Bolívar, El corneta llanero, La estrella de
Ismael, La hija de Jairo, etc. Así se titulan algunos de estos cuentos.
En España y en América era conocido Caballero Calderón
como novelista y escritor de agudos ensayos. Tipacoque y Sirvo sin tierra,
Suramérca y Ancha es Castilla le
colocaron entre los máximos valores de nuestro idioma. Llegará el día, con
todo, en que su nombre se vinculará más bien a estos relatos infantiles, de
amable prosa, sencilla, convincente, con un hálito poético que poco a poco se
va filtrando en el corazón del niño. Nadie hasta nuestros días ha sabido narrar
los hechos de la Historia y contarles al oído, como el viejo abuelo a sus
nietos al lado del fuego, la niñez de los que luego llegaron a ser figuras
importantes.
Merece que destaquemos esta colección de Caballero
Calderón, que trae nuevas brisas, frescas y generosas, a la literatura
infantil. Desde hace años apenas si tenían nuestros niños a su alcance otros
libros y otros héroes que los héroes y los libros del Oeste, y, si en alguno
brillaron soles latinos, eran copia más o menos fiel de aquéllos. Tiros,
asaltos de diligencias, piratería y bandidaje. Sus ojos habían pasado de
insípidos tebeos a esas narraciones de caballistas y truhanes, y luego a las
novelas policíacas y de gangsters,
que lentamente iban modulando a su tenor corazón y sentimientos. Con tales
lecturas no palpitará con la flor y la estrella, ni estará presto, como le
viejo caballero, a acudir en ayuda de la bella princesa que sufre horas de
melancolía. Todo esto le suena a trasnochada leyenda, a romance pasado de moda,
ajeno al brioso sentir del muchacho actual.
Por eso saludamos esta bella colección, que ofrecerá a nuestros niños las grandes figuras de la Historia como prototipos de sus aspiraciones y vidas, como una auténtica primavera en el relato infantil.
Madrid, enero de 1956.