jueves, 5 de junio de 2008

Literatura Infanto-Juvenil de Guatemala: las Flores del Mal de la Academia

II

Sobre la denominación del género y su existencia es un tema que se ha discutido a la saciedad en un sin fin de contextos: académicos, extraescolares, debates, forum, conferencias, blogs, etcétera, tanto a nivel nacional como internacional en los cuales se ha llegado a un cierto consenso conceptual y se ha aceptado el nombre de “Literatura Infantil” y/o “Literatura Infantil y Juvenil o Infanto-Juvenil”; que es un género joven que aparece a finales del siglo XVIII y que se consolida a partir de la Segunda Guerra Mundial.
En Guatemala, el tema sale a luz en los años treinta y cuarenta y se populariza en la década siguiente donde cabe resaltar dos textos fundamentales: Prontuario de Literatura Infantil (1950) del profesor Daniel Armas y Literatura Infantil: condiciones y posibilidades del profesor Rubén Villagrán Paul (1954). Ambos textos se han convertido en los clásicos de teoría de la literatura infantil guatemalteca. De estos, el primero comienza siendo una reseña del libro “La Literatura Infantil” del pedagogo uruguayo Jesualdo, escrito en 1945, un ensayo mimeografiado para ser usado como material de apoyo en el curso de Literatura Infantil que recién se había sido introducido en los programas oficiales de las escuelas normales de la República. Hoy día se ha convertido, como ya dijimos, en un clásico que lleva más de diez ediciones. El otro libro, es ya un “libro duende” raras veces se encuentra en usados.
En ellos se expresa, en gran medida, la misma preocupación respecto a la ambigüedad que rodea al género, así como los requisitos estéticos que se deben tener a la hora de escribir para niños. Aparte de esta discusión, otro problema que levanta el profesor Villagrán Paúl se refiere a las cuestiones: ¿qué es la infancia?, ¿cuál su duración?, debido a que este es el periodo que se toma como tiempo límite para la literatura infantil. Asimismo, su reflexión, también, va dirigida a la calidad y a la categoría de arte de los productos infantiles y hacia las fuentes de la literatura nacional como un factor vital para estimular la creación de libros para la infancia.
Sin embargo, ambos nos dan una visión de lo qué es el género en cuestión, el por qué de su nombre y de la existencia o no del mismo. En 1968, estos temas son abordados en una tesis de graduación de Licenciatura en Pedagogía en la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos, que luego se publica bajo el título “Literatura Infantil” (también es un libro duende). A partir de estos tres libros, entonces, se discute teóricamente el tema y son reseñados y reelaborados sin aportes significativos por Humberto Lee Milián en su libro “Literatura Infantil” (1993) y por la profesora Luz Pilar Nazareno Díaz “Antología de la literatura infantil”, producto de su tesis de grado “La literatura infantil guatemalteca -situación actual” (1992). Todas estas visiones son tema de un capítulo de la tesis de doctorado “Tras las huellas de la literatura infantil de Guatemala” (2002) escrita por Frieda Liliana Morales Barco y luego convertido en el libro “Han de de estar y estarán… literatura infantil de Guatemala. Una propuesta en una sociedad multicultural” (2004). En este capítulo se reflexiona acerca de sus aportes y como, de alguna manera, se contribuye a la creación de una posible clasificación de la literatura infanto-juvenil guatemalteca.
En cuanto al problema que ya levantaba Villagrán Paúl sobre ¿qué es la infancia? ¿cuál su duración?, refiriéndose al nombre, diremos que como esta literatura está destinada a un público infantil, entendiéndose como infantil el periodo de la vida del ser humano que se abarca de los 0 a los 18 años. Tal afirmación es tomada de la carta de la Declaración de los Derechos del Niño avalada por la UNICEF.
Ahora, en cuanto a estas otras preguntas: ¿Quién escribe para quien? ¿Literatura de/para/por niños? son preguntas que se vienen respondiendo desde hace mucho. Para este caso hay adeptos a cada una de ellas, pero en general “se depara con aquella que dice que aunque el texto sea consumido por el niño, es el adulto el que, a partir de sus intereses y de su experiencia, elabora la obra que destinará a la infancia. Se puede, entonces, preguntar: ¿qué adulta habla al niño y sobre que punto de vista?, ¿qué es lo que el adulto entiende sobre la responsabilidad de presentar el mundo al niño?, ¿a qué niño ese adulto habla?, ¿qué es lo que el adulto entiende por presentar el mundo al niño en lo que se refiere a la creación o composición literaria?
Todas esas preguntas nos llevan a enfocarnos en la relación asimétrica, es decir, desigual, entre el autor-adulto que crea la obra infantil (y que detiene un gran conocimiento del mundo y del lenguaje), y el lector-niño, que la consume (y está en desventaja en relación al dominio de ese conocimiento)”[1].
La literatura infantil y juvenil como género posee criterios sobre la estructuración de lo literario, el aspecto connotativo del relato y de relación en los niveles de vocabulario y sintaxis. Aspectos estéticos que no son diferentes a los de toda Literatura. A través de ella el niño infiere la cultura y la historia de su pueblo y al tener la característica de presentarles el mundo por medio del estímulo que ejerce sobre su imaginario a través del lenguaje escrito y oral le otorgan la posibilidad de sumergirse en otras realidades que van más allá de sus experiencias cotidianas y rutinarias, al mismo tiempo que les muestra otras tantas caras del mundo.
Por otro lado, la literatura infantil y juvenil sirve también de apoyo para que el niño por los diversos estímulos lingüísticos, que el lenguaje genera a través de las diversas formas estéticas representadas en la poesía, cuento, canciones de cuna, rondas, trabalenguas, adivinanzas y otros más, produzcan sus propias representaciones de mundo, ayudándole, asimismo, en la formación de símbolos y en la construcción de su propio sistema de conocimientos lingüísticos.
La obra infantil tiene su dimensión artística asegurada cuando rompe con lo normativo, con lo pedagógico, en fin, con el punto de vista del adulto y, a través de un ejercicio de cualidad con el lenguaje, lleva al lector a una comprensión más amplia de la existencia.

[1] MORALES BARCO, Frieda Liliana, FICHTNER, Marília, RÊGO, Zíla, AGUIAR, Vera (Coord). Era uma vez na escola… formado educadores para formar leitores. Belo Horizonte: Formato, 2001.

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