sábado, 31 de marzo de 2012

Consejos: Lecturas en vacaciones

Por André Maurois, de la Academia francesa

-Hablemos, señora, de sus lecturas. Y primero, ¿lee usted?

-Usted dice lo que quiere, ¿Cuándo encontraría yo el tiempo de leer? Trabajo en la oficina hasta las seis. En el camino de regreso hago mis compras, voy a buscar a los niños; en el momento de llegar a la casa preparo la cena. Al anochecer, después de este arduo día estoy cansada.

-Todo eso es verdad. Creo sin embargo que, en las vidas las más ocupadas, hay momentos que podrían ser dedicados a la lectura. Tiene usted sus viajes en el camión, en el tren, de vez en cuando un día de descanso, y sobre todo el tiempo de las vacaciones.
Si usted emplea las horas inactivas, los momentos de... (usted los tiene, como todas las personas) en ratos para la lectura de un buen libro, usted añadiría mucho a su felicidad.

-¿Y cómo saber que un libro es bueno? ¿Cómo escoger?
Hay que repetirse primero que el tiempo y el renombre, han escogido para usted. Cuando la mayoría de los hombres decidió que tal libro es un gran libro, hay buenas posibilidades de que sea cierto. Eso no quiere decir que la condene, para sus vacaciones, a leer a Homero o Dante. Note que, haciéndolo, econtraría en ello provecho, y quizá gusto. Pero usted busca personajes más tangibles, emociones que usted ha sentido, en breve, novelas.
Entonces no titubee. Escoja Balzac, Stendhal, Marcel Proust o Tolstoi. Le aconsejo, para las vacaciones libros largos. Una pequeña novela, doscientas páginas impresas en letras enormes, la ocupará solamente por una tarde, y no puede usted llevarse toda una biblioteca. Al contrario, una novela como Guerra y paz, de Tolstoi, Las ilusiones perdidas de Balzac, El Rojo y Negro de Stendhal, Jean Christophe de Romain Roland, durará casi lo que duren las vacaciones. Usted se le dedicará a diario con gusto; verá en los personajes una clase de amigos; se sentirá triste de dejarlos cuando el libro se acabe. La gran novela de Proust, A la búsqueda del tiempo perdido (o En búsqueda del teimpo perdido), le parecerá difícil al principio. Pronto será para usted todo un mundo de atracción.
-¿Pero que no es necesario también, para "tenerse al corriente", leer autores más recientes?

-Claro que sí. Pero no compre a ciegas dos o tres libros, porque tuvieron premios. Que la aconsejen sus amigos que tengan más o menos sus inclinaciones. Cada ser humano tiene sus alimentos favoritos. Este digiere las manzanas, cuando las fresas le caen mal. Es lo mismo para los alimentos espirituales. La escritoras de novelas inglesas, Rosameind Lehmann, Margaret Kennedy, o los escritores como Graham Green, Charles Morgan, tienen misteriosas afinidades con ciertos espíritus franceses; otros prefieren el sabor más fuerte de los americanos: Hemingway, Steinbeck, Faulkner... trate, pruebe, y sea fiel a lo que le haya parecido bueno.

-¿No habla usted ma´s que de novelas? ¿Y las biografías? ¿Los libros de historia?

-A eso iba yo. Por lo tocante a mí, me gustan por encima de todo, con la condición que estén bien llevados y bien escritos. Nada más interesante que leer acerca de un periodo, o de una provincia. ¿Pasa usted sus vacaciones en el Perigord? Lea Brantome y Montaigne. ¿Va usted a España? Tome una historia de España, el viaje a Théophile Gautier en España, y la Carmen, de Merimeé. ¿Su casa de campo está en el Berry? Profundice George Sand.

-¿Y qué dirán, si leo demasiado, mi esposo y mis hijos?

-Un buen libro es el medio de comunicación maravilloso entre los componentes de una familia. Anímelos a leer las mismas obras, querer a los mismo personajes, a los mismos autores, es otra manera de quererse. Conozco familias donde, en la mesa, se habla de Balzac, de Hugo o de montherlant. Esto vale más que repetir viejos rencores, o hablar mal de los amigos. Si, a toda costa, los chismes son necesarios en una familia, prefiero que traten sobre Sainte-Beuve que sobre una cuñada. Además, los libros serán un maravilloso lazo con los desconocidos que usted encontrará. De repente descubrirá que tiene amigos comunes con ellos, que se apellidan Swann, Anna Karenine, Rastignac.

-Toda su vida se enriquecerá.
------------------------------------------------------------------
Tomado de El Imparcial, noviembre de 1956, p. 3.

jueves, 8 de marzo de 2012